Catamarca, baluarte del oficio de tejer.

Modo de Teger (sic) Ponchos y Gergas (sic). Acuarela sobre papel. Obra realizada entre 1783 y 1805. Al pie de la misma (con su grafía original): Estos tegidos saben hacerlos generalmente todas las mujeres del campo. El Telar consiste en quatro cañas, dos lizos, y un peine. Estos lizos están asidos de una simple cuerda que va a parar a dos marchas que juegan en los pies. La tela está asegurada en una estaca y avierta por medio de una varita. Un viajero virreinal. Acuarelas inéditas de la sociedad rioplatense. Buenos Aires. Hilario. 2015.



Artesanas de la Cooperativa Arañitas Hilanderas en plena actividad laboral. Fotografía: Teresita Donadío.



La maestra tejedora Selva Díaz, al centro, recibe a los autores en su casa de Londres, Catamarca, junto a su telar.



ENRIQUE TARANTO (Buenos Aires, 1947)

Médico, egresado de la Universidad Nacional de La Plata, especialista en Pediatría y en Alergia e Inmunología.


NÉLIDA TERESA DONADÍO (Buenos Aires, 1945)

Licenciada en Kinesiología, egresada de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Medalla de Oro de su promoción.


Este matrimonio de profesionales de las ciencias médicas, desde 1980 alternó su labor con otra de sus pasiones: la investigación y el estudio de los textiles aborígenes de América Latina. Durante las últimas cuatro décadas recorrieron nuestro continente por Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, El Salvador y Guatemala, cautivados por el universo textil de la región, efectuando estudios de campo en cada país. También han viajado a Turquía y Marruecos, abrevando en fuentes de antiquísima tradición de la artesanía en telar.


En el año 2000 integraron el equipo organizador del Primer Concurso y Exposición de Textiles de Uso Tradicional, que tuvo lugar en el predio de la Sociedad Rural de Palermo, en Buenos Aires. Efectuaron la curaduría de la exposición Textiles de Uso Tradicional en Iberoamérica, en la sede de la Organización de Estados Iberoamericanos, en la ciudad de Buenos Aires en 2019, y fueron convocados a exhibir piezas de su colección en numerosas exposiciones presentadas en el país.


Han publicado tres libros sobre textiles, dos carpetas de fotografías de los siglos XIX y XX de temática rural y han sido columnistas del mensuario tradicionalista El Chasque Surero durante los veinticinco años de su existencia.

Por Enrique Taranto y Teresita Donadío. *

¿Cómo no va a tener Catamarca la cultura textil que ostenta, si fue surcada una y mil veces por los incas que hace más de seis siglos habitaron su suelo, como lo testimonian los restos localizados en El Shinkal y el Pucará de Aconquija? Tupac Inca, décimo monarca de la dinastía, incorporó el noroeste argentino y Cuyo a la más austral de las cuatro regiones del Tahuantinsuyo, la denominada Collasuyo, con el consiguiente fenómeno de transculturación en el arte textil, que a su vez los incas habían recibido y reformulado de civilizaciones mucho más antiguas como la de Tihuanaco, por ejemplo. Sobre esta amalgama cultural, el gran impulso iniciático de la nueva artesanía textil de Catamarca llegó con los españoles; con sus telares horizontales de pedales, con sus ovejas y fundamentalmente, con sus necesidades.

 

La mixtura fue inevitable y no carente de utilidad: la incorporación del telar horizontal de pedales fue un verdadero hito en la textilería de la región y caló muy hondo en la cultura de los naturales del noroeste. Así es como llegado el siglo XVIII encontramos una sociedad fuertemente “españolizada” en lo atinente a la indumentaria. Al referirnos a “necesidades”, la explicación la relata Armando Bazán en su obra Historia Institucional de Catamarca, cuando consigna que, desde el siglo XVII “No había casa ni rancho donde no existiera un telar (…)”, debido a que, detalla, “La ubicación marginal de Catamarca y la Rioja,  respecto del camino real que iba de Buenos Aires al Perú, creaba a sus vecinos una sensible desventaja para el aprovisionamiento de indumentaria importada de España, herramientas de labranza y otros objetos que llegaban en los navíos de registro autorizados por el Rey para beneficio de las provincias. Los precios de las telas y paños de extranjería eran carísimos, y las herramientas de hierro se vendían a un peso la libra. Por este y otros motivos, el cabildo catamarqueño hizo una presentación al Rey Carlos II exponiendo la situación desventajosa de Catamarca y La Rioja en el ámbito del Tucumán. Esto sucedió el primero de diciembre de 1692. Entre otras quejas, mencionaban los cabildantes, el excesivo precio de las telas y paños de extranjería y de labranza. Así «quedamos desnudos», decían los denunciantes, y teniendo que cultivar los campos con azadones de palo”. [1]

 

Y aquí debemos detenernos a pensar en algo que, de tan simple, no es considerado a la hora de hablar del aporte del telar español a la historia de la indumentaria tejida en América. Hasta su llegada, en las culturas precolombinas, las vestimentas textiles se elaboraban de a una: se tendía una urdimbre con las medidas necesarias para tal o cual prenda y desde allí se iniciaba el tejido, ya fuera a faz de urdimbre, de trama, balanceado, llano o con diseños ornamentales, pero siempre a cuatro orillos o a lo sumo con flecaduras estructurales. Los españoles –muy probablemente los sacerdotes jesuitas- introdujeron el concepto de la pieza de tela, el corte y el dobladillado.  Abreviando: la confección.

 

Es por eso que los más delicados tejidos de esta región llevan dobladillo y, en el caso de los ponchos, un fleco perimetral. Éstos estarán conformados por dos paños idénticos enfrentados en espejo. Si la telera recibe un encargo de un poncho de 1,80 m de largo y 1,40 de ancho, armará una urdimbre de unos 4 metros de largo y le dará un ancho de 70 centímetros. A partir de allí, todo consiste en tejer parejo hasta lograr una larga pieza que será luego retirada del telar y desechados los hilos sobrantes sin tejer, cortada al medio y dispuesta como ya explicamos, para luego unirlas con una costura que respetará una abertura central conformando la boca. Luego procederá a dobladillar los extremos y dará terminación a la obra aplicando en todo su perímetro el fleco que tejió en un telarcillo ad hoc, denominado precisamente “flequero”.

 

Antes de la conquista, las piezas anchas también se tejían en dos paños, pero éstos nunca eran idénticos pues se trataba de dos unidades tejidas independientemente, con sus bordes encerrados por el tejido (de ahí el nombre de la técnica: de cuatro orillos). La tejedora utilizaba el telar de suelo o de estacas y armaba una urdimbre con el largo calculado  para la pieza y el ancho nunca mayor de 75 cm. Tejía de punta a punta, sin desperdicio, retiraba el paño del telar y volvía a urdir para tejer otro paño lo más parecido posible al anterior. Curiosamente, a pesar de provenir de un tronco étnico común, mientras que la región que ahora nos ocupa incorporó rápidamente el telar criollo -una adaptación del europeo-, en el Perú y el Alto Perú (hoy Bolivia) se sigue hasta hoy día empleando la técnica precolombina.

 

 

En lo que sí coinciden las comunidades andinas es en la utilización de la lana de oveja, que llegó de España para compartir urdimbres y tramas con las fibras de los “carneros de la tierra”, como llamaron a los camélidos americanos, y en este tópico Catamarca se distingue del resto de las provincias del NOA en la utilización de hilado de fibra o pelo de alpaca y de vicuña para tejer prendas de alta calidad. La llamada Ruta del Telar atraviesa el Departamento de Belén de sur a norte. Londres, Belén, Puerta de San José, San Fernando, Corral Quemado, Hualfin y Villa Vil, son los pueblos con mayor concentración de teleras; y es en los dos primeros donde actualmente se pueden encontrar las “tejenderas” más diestras en el arte de hilar a mano, con huso, teñir (tanto con colorantes naturales como con anilinas industriales) y dominar la técnica del Ikat o guarda amarrada para sus diseños ornamentales [2].  En Londres, en los patios de las artesanas Selva Díaz y Graciela Salvatierra, podemos ver los telares criollos con sus horcones firmemente asentados en el piso de tierra, donde familia y vecinos se afanan desde hace varias décadas en lograr ponchos de un solo paño, con diseños de ikat, reproducción de los viejos ponchos mapuches, y lo mismo sucede en Belén, donde el espíritu de Doña Elinda del Valle Figueroa sigue vivo en las manos de sus hijas, quienes aplican las enseñanzas de esta querida telera.

 

Calle de Ikat, con la urdimbre ya teñida y quitadas las amarras. 

 

 

Centro textil de la región, en Belén se fundó hace más de veinte años la Cooperativa de Trabajo Arañitas Hilanderas, donde se capacita a jóvenes del pueblo con un doble fin: enseñarles un oficio que les permita subvenir a sus necesidades económicas y otro -intangible quizás- pero más noble aún; mantener viva la tradición de las teleras belichas a través de los años en las generaciones venideras.

 

* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios

 

 

Notas:

1. Armando Bazán. Historia Institucional de Catamarca. Ed Sarquis, Catamarca. Argentina, 1999, pág. 71.

2. Nota de los autores: El ikat consiste básicamente en amarrar fuertemente los hilos de urdimbre que se desean preservar sin teñir para conformar un diseño previamente concebido. De esta manera, al ser sumergidas las lanas en el baño tintóreo, el amarre impedirá que el color penetre ese sector, de manera que, al desatar, aparecerá en la urdimbre el dibujo ornamental, y dado que la técnica es de faz de urdimbre, es lo que quedará plasmado en la tela resultante al tejer, puesto que la trama queda oculta.



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