SIRENAS EN EL ZÓCALO.

Irma García Blanco. Santa María Atzompa, Oaxaca, México. Colección: Grandes Maestros del Arte Popular Mexicano. Fomento Cultural Citibanamex. Fotografía: Gentileza F. C. Citibanamex.



Irma García Blanco. Atzompa, Oaxaca, México. Detalle con sirena. Colección: Grandes Maestros del Arte Popular Mexicano. Fomento Cultural Citibanamex. Fotografía: Gentileza F. C. Citibanamex.



Alfonso Soteno. Metepec, Estado, México. Sirenas. Colección: Grandes Maestros del Arte Popular Mexicano. Fomento Cultural Citibanamex. Fotografía: Gentileza F. C. Citibanamex.



Revista Artes de México. Detalle con sirenas. Colección Irina Podgorny.



Irina Podgorny

(Quilmes, Argentina, 1963).


Historiadora de la ciencia. Doctora en Ciencias Naturales (Universidad Nacional de La Plata, Argentina). Investigadora Principal del CONICET en el Archivo Histórico del Museo de La Plata. Profesora Invitada en universidades y otras instituciones nacionales e internacionales. Presidente de la Earth Science History Society (2019-2020), desde 2021 es miembro del Consejo de la History of Science Society (HSS), donde está a cargo de su comité de Reuniones y Congresos.


Autora de numerosos libros, este año publicó Florentino Ameghino y Hermanos. Empresa argentina de paleontología ilimitada (Edhasa, Buenos Aires, 2021) y Los Argentinos vienen de los peces. Ensayo de filogenia nacional (Beatriz Viterbo, 2021). Sus artículos se han publicado entre otras revistas en Osiris, Science in Context, Redes, Asclepio, Trabajos de Prehistoria, Journal of Spanish Cultural Studies, British Journal for the History of Science, Nuncius, Studies in History and Philosophy of Biological and Biomedical Sciences, Museum History Journal, Journal of Global History, Revista Hispánica Moderna, etc.


Asidua colaboradora de la Revista Ñ, dirige la Colección "Historia de la ciencia" en la editorial Prohistoria de Rosario, donde en 2016 se publicó el Diccionario Histórico de las Ciencias de la Tierra en la Argentina, gracias a un proyecto de divulgación científica del CONICET.


Sus publicaciones pueden consultarse: AQUÍ

Por Irina Podgorny (*)

Octubre de 2019. Palacio de Iturbide, centro histórico de la ciudad de México, sede del Museo del Banco Nacional de México (hoy Citibanamex). Una joya arquitectónica del barroco novohispano, la construcción más alta de la Ciudad de México de fines del siglo XVIII. Tres niveles: el piso bajo con un entresuelo para las oficinas de la casa, las accesorias y la puerta de ingreso; el piso principal, con las habitaciones de la familia y la sala del estrado; y una logia en el tercer piso, con vista hacía el norte del Valle y dos torreones, salas de música, habitaciones de huéspedes o sala de asistencia.


Originalmente, el Palacio estaba compuesto por tres patios: uno principal, de planta cuadrada, y otros dos, de composición más sencilla, donde se encontraban las caballerizas, las cocheras, los lavaderos, la cocina y los servicios de la casa. Una fachada que combina el tezontle en tonalidades rojizas y la piedra chiluca en tono gris. En 1823, fue residencia del emperador Agustín I, de quien tomó su apellido. Sobrevivió a varios usos para, finalmente, en 1964, ser adquirido por el Banco Nacional de México (Banamex) que lo renovó y, en 1972, lo transformó en la sede de su agencia de fomento cultural, la cual, a partir de 2004, opera en conjunción con el Citibank.


Una exposición dedicada a conmemorar el vigésimo aniversario de la publicación del primer libro sobre los Grandes Maestros del Arte Popular. Un tributo a los primeros 150 artífices que, en 1996, conformaron el proyecto original de un programa de apoyo del Banco que marcaría la pauta galardonando la técnica y los materiales tradicionales utilizados con perfección. Esta muestra incluía, además, a los nuevos Grandes Maestros, aquellos que se han ido incorporando al Programa con el propósito de impulsar y fortalecer la creación artesanal del país a través de la entrega de reconocimientos económicos, la conformación de una colección y la consolidación de talleres de distintas especialidades, así como la organización de exposiciones, la publicación de libros, y la comercialización de la producción artesanal. Grandes maestros del arte popular, 20 años.


3.436 piezas.

1.262 conjuntos.

624 Grandes Maestros.

347 localidades.

32 estados mexicanos.

450.000 visitantes atraídos por esas piezas confeccionadas en distintas regiones, por varios grupos étnicos, por artesanos rurales y urbanos, y agrupadas según los materiales y las técnicas: la cartonería, la cera, el barro, la fibras naturales, los metales, la madera, los textiles y la piedra que ilustran la calidad del trabajo.


Allí –entre esas casi 3500 piezas-, cuatro sirenas en barro. Dos en vidriado color café y dos, compuestas por flores aplicadas al pastillaje.


Con sus guitarras, claro. Como en el libro de mi infancia.


1973 o 1972. El arte popular de México, número extraordinario de la revista Artes de México de los años 1970-1971. Un regalo, un recuerdo de viaje para una hija que lo espera y lo paseará en la escuela con orgullo, sin leerlo pero engolosinada con las imágenes, los mapas, los dibujos, los colores y las fotos de unos objetos nunca vistos en la chatura de la pampa suburbana.


Entre ellas, los árboles de la vida y, sobre todo, unas sirenas que, en barro y madera, tocaban la guitarra, el laúd o la mandolina.


Payadoras de un país desconocido, aparecían en las páginas dedicadas a Oaxaca, a Puebla y a Metepec, en el Estado de México.


Una en la página 62, en barro negro bruñido con decoración esgrafiada, venía de San Bartolo Coyotepec, “el centro alfarero por excelencia, cercano a la capital, donde se elabora la célebre cerámica de un bello color negro metálico, debido al óxido de plomo que contiene el barro y el bruñido a mano con el que la terminan. Es producida con técnicas primitivas de origen prehispánico, a veces modelando a mano libre como los hermosos cántaros de forma esférica y otras presionando el barro dentro de moldes de diferentes formas: sirenas, vírgenes de la Soledad, caballitos, campanas, etc. muchos de ellos con silbatos.”


Otra, a color. Una sirena zurda. Una talla en madera policromada realizada por Manuel Jiménez – futuro Gran Maestro- de San Antonio Arrazola, también en Oaxaca.


La tercera, del Estado de México, aparecía dos veces y con laúd en las páginas 78 y en la 79: sin autor, una pieza en barro policromado, un detalle de un árbol de la vida, esas composiciones en forma de candelabro, tradicional regalo de casamiento, donde se mezclan de manera abigarrada, en multitud de formas y colores, las flores, los animales y otros elementos decorativos, generalmente de tipo navideño o bíblico como Adán y Eva en el Paraíso, la serpiente, el arcángel y el Padre Eterno.


También sin autor y procedente del Estado de México, en la página 81, una figurita modelada a mano en el color natural del barro.


Finalmente, la última en la página 90: una sirena poblana en barro negro de Acatlán, otro centro ceramista de gran importancia, donde se elabora un tipo de loza negra pintada mate, con la que “modelan también figuras de animales, los cántaros y animales en barro café rojizo, de formas antiguas, hechos en molde alisados a mano; otro de figuras como toritos, palomas, mulitas, candeleros, sahumerios en barro café o en fondo blanco, pintado al temple a mano con vivos colores. Tradicionales de esta cerámica son las series de animales encimados unos sobre otros, que culminan con un gallito o un pájaro. Pero lo más sobresaliente de Acatlán es la cerámica del artista Herón Martínez, cuyas piezas son creaciones todas distintas en formas y texturas. Candelabros de intrincados brazos en el sobrio color del barro obscuro, sirenas animales fantásticos, cada uno una verdadera obra maestra de la escultura en cerámica”.


Un total de cinco, una más que en la exposición de 2019 pero otros tipos, otras técnicas, otros autores.


La palabra “sirena”, leído el libro después de medio siglo, aparece dos veces, como si no existieran, como si sobrara nombrarlas o como si ellas y sus guitarras fuesen un producto tan natural que no hiciera falta explicarlas. Y sin embargo ahí estaban y siguen estando, sin historia, sin fecha ni lugar de nacimiento.


Artes de México – el famoso regalo- no era un libro a pesar que así lo nombrara y se usara como un álbum de figuritas, repasándolo, a ver cuál era la más linda mientras el texto acompañante permanecía mudo. Podía decir lo que se le antojara: las formas, los colores, la variedad, los brillos no necesitaban palabras.


Artes de México se trataba de una revista cultural establecida en 1953 por Miguel Salas Anzures. Había surgido como órgano de difusión del Frente Nacional de Artes Plásticas (FNAP), constituido en la Primera Asamblea Nacional en este rubro realizada en mayo de 1952 en el Palacio de Bellas Artes. El Frente, que funcionó entre los años 1952 y 1961, era la segunda agrupación de izquierda más importante en la historia del arte mexicano. La precedió la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), vigente de 1933 a 1938. Anzures, entre otros, integraba su comité directivo, ese que promovió la creación de un boletín para tratar las problemáticas en las que estaban inmersos él, sus amigos, camaradas y colegas. Hasta ese momento la única publicación que existía era México en el Arte, órgano del Consejo Consultivo del Instituto Nacional de Bellas Artes, costosa y de circulación restringida.


La nueva revista, en cambio, adoptaría la forma y el tamaño de un tabloide e incorporaría a Vicente Rojo —en aquel tiempo diseñador e ilustrador— como encargado del diseño editorial. En ella escribieron algunos integrantes del Frente; se fomentó la defensa de las artes populares y la pintura realista en contra de la abstracción, un programa, en parte, acorde al del realismo socialista: un arte relevante y comprensible, figurativo, verídico. No eran los gustos de Salas Anzures, pero, la asamblea decidía, y era ley.


Los agremiados del Frente mexicano –como era tradición en la izquierda- donaron obras para solventar la fundación de una galería y una editorial, una diferencia esencial frente al programa de la Unión Soviética, donde el Estado era el único mecenas y los artistas, empleados de la maquinaria estatal.


La revista pronto se independizó del Frente y estableció un patronato. Salas Anzures se hizo cargo de la dirección y Rojo de la dirección artística, decidiéndose, además, su edición bilingüe, en un inglés a cargo de Samuel Cossío Villegas. El francés llegaría un poco más tarde, como apéndice de buen tino y letra chica.


Los materiales documentales procedían del archivo del Instituto de Bellas Artes, donde trabajaba el normalista Salas Anzures. Pero también se comisionó a varios colegas a colaborar con sus investigaciones, archivos y colecciones personales. El trabajo de los redactores se distribuía en reuniones realizadas los fines de semana en sus casas, con familia e hijos alrededor.


El primer número salió a la luz en octubre de 1953, acompañando la exposición 20 Siglos de Arte Mexicano en el Museo Nacional de Artes Plásticas de México, una muestra derivada de aquellas montadas en el Museum of Modern Art de Nueva York de mayo a septiembre de 1940, bajo la comisaría de Miguel Covarrubias y, sobre todo, de las inauguradas en los museos de arte moderno de París, Londres y Estocolmo en 1952. En ellas la pintura, la escultura y la gráfica compartieron el espacio con el arte prehispánico, novohispano y popular proveniente de las colecciones de Rosa y Miguel Covarrubias, Lola Álvarez Bravo y del extinto Museo de Industrias y Artes Populares.


En México esa novedad se impuso como modelo que, queriéndolo o no, creó una línea de tiempo que invertía el orden de las cosas e iba de lo precolombino al arte moderno pasando por los objetos coloniales y el arte popular. Arte mexicano, antiguo y moderno, de la época precolombina a nuestros días, 20 siglos de arte mexicano, un linaje, una idea de continuidad, una serie que conectaba los motivos precortesianos con el presente gracias a los objetos del arte popular que, a pesar de tener fecha de creación y estar unidos a biografías muy concretas tan contemporáneas como las de comisarios y coleccionistas, se colocaban en una suerte de pasadizo que, corriendo por las venas, transfundía sensibilidades y formas de los tiempos antiguos a los artistas del presente. A fin de cuentas, por la raza, hablaba el espíritu, según la célebre frase, estampada a fuego en las instituciones creadas en el centenario de la independencia que coincidía con el fin de las guerras de la Revolución y las iniciativas del Secretario de Educación Pública, el filósofo José Vasconcelos (1882-1959), paladín del mestizaje como ancla del continente ibero-americano. Este criterio volvería a reunir esas obras en otras exposiciones, como la de pintura y gráfica mexicana que el Frente organizó en Polonia.


Muchos, además, hicieron suya la frase de la intelectual hidrocalentana Anita Brenner, la antropóloga de origen judío, graduada en Columbia y nacida en Aguas Calientes que, en 1929, publicó un libro cuyo título se haría famoso como muletilla: Ídolos tras los altares. Tras el altar cristiano, el ídolo sobrevivía, incólume, presto a revelarse contra el opresor.


Aunque hubiera que negar, para ello, que a los ídolos y los altares de 1930, se le habían adherido tantas cosas que ya no se podían distinguir entre ellos ni de los íconos de los lugares más remotos. Capas de historia, estratos, intervenciones olvidadas, naufragios, flores chinas y del desierto, personas intentando sobrevivir a revoluciones, conquistas, traiciones. Inventándose y, al mismo tiempo, sin tanta intención de afirmar esta cucha, este charro, este mono, es mío mientras lo pudieran vender y, esa noche, tener algo para tragar.


Como fuera, “Las artes populares de México”, aquel número especial de la revista Artes de México, para 1979, llevaba quince ediciones. Sus autores: el matrimonio conformado por dos coleccionistas, Tonatiuh Gutiérrez Olguín (1929-2000) y Electra Mompradé López (?-2018).


Él, un reconocido personaje en el circuito político, cultural, deportivo y social, hijo de un funcionario de gobierno durante el gobierno de Lázaro Cárdenas. Atleta de alto nivel, participó en los Juegos Olímpicos de Londres 1948 y de Helsinki 1952, en la disciplina de natación, así como en los Juegos Panamericanos (Buenos Aires, 1951), donde ganó dos medallas en estilo libre. También participó de los Juegos Centroamericanos y del Caribe (México, 1954), además de desempeñarse como entrenador para los Juegos Olímpicos de Tokio (1964). Licenciado en Economía por la Universidad Nacional Autónoma de México (1966), se integró como profesor y trabajó en la administración pública como director de exposiciones del Consejo Nacional de Turismo y posteriormente en el Banco de Fomento Cooperativo, desde donde fundó el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (1973), organismo que presidió hasta 1976. Coleccionista y promotor del arte popular, legó una serie de publicaciones en las que fungió como autor y coautor, al lado de Electra, hija de exiliados de la Guerra Civil Española, una experta en la danza y en los atuendos precolombinos y en la historia y la cultura mexicanas. Junto con su esposo se unieron al grupo PopulArt, promotores de la fundación del Museo de Arte Popular. Su gran interés por preservar la cultura mexicana los llevó a visitar todo el país, captando una gran cantidad de imágenes fotográficas de la riqueza cultural, manifestaciones religiosas, festividades y danzas representativas de cada región las cuales donaron, en vida, en el año de 1997 a Fomento Cultural Banamex. De esas fotografías, salieron las ilustraciones de sus “Artes populares”, un panorama de los motivos y objetos de 1970. Y de sus gustos.


La colección documental de los Gutiérrez hoy se guarda dividida en nueve ramas, contenidas en 35 carpetas, en un orden que –una vez más- conforma una realidad y define los diferentes aspectos de las costumbres y la vida cotidiana de los pueblos indígenas según una serie de categorías, a saber:

1.                  Barro -

2.                  Fibras vegetales -

3.                  Madera -

4.                  Metales -

5.                  Papel, piel y piedra -

6.                  Textil -

7.                  Varios -

8.                  Danzas y festividades -

9.                  Personajes -


El barro, la fiesta y la danza, la médula del pueblo mexicano que, como sugieren las sirenas, también es el resultado de encargos venidos de muy lejos.


(*) Especial para Hilario. Adelanto de su libro “Desubicados”. (Beatriz Viterbo, Rosario, Junio de 2022).


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