La Tejeduría Pampa azuleña: ponchos y fajas.

La tejedora posa frente al telar. Villa Fidelidad. Azul. 1928.  En Revista de Ciencias y Letras, núm. 5, entre ps. 192-193, Azul, Impr. Placente & Dupuy, 1930.



Poncho pampa que perteneció al cacique Catriel. Colección Horacio R. Díaz. Epígrafe de la figura 256. En Tejidos y Ponchos Indígenas de Sudamérica, de Alfredo Tallaurd. Buenos Aires, Editorial Guillermo Kraft, 1949. En la imagen, la versión impresa y la fotografía vintage original, enmascarada, con las indicaciones para su edición. (Colección Hilario)



Detalle de antiguo poncho pampa. Museo Etnográfico y Archivo Histórico Enrique Squirru. Azul. Fotografía: Gabriel A. Eilers.



Telar de faja. Fotografía reproducida en Tejidos y Ponchos Indígenas de Sudamérica, de Alfredo Tallaurd. (Colección Hilario)



Faja tejida por Pascuala Calderón. Colección Gustavo Kagel. Fotografía: Nicolás Vega.



Faja de Enriqueta de Mendiburu. Azul. Colección particular. Fotografía: Nicolás Vega.



Ercilia Moreira de Cestac, con su telar en una exhibición. Fotografía, gentileza Guillermo Palombo.



Guillermo Palombo

 

Miembro Emérito del Instituto Argentino de Historia Militar, integrante del Grupo de Trabajo de Historia Militar de la Academia Nacional de la Historia, Académico Correspondiente de la Academia Sanmartiniana y del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, ex presidente del Instituto de Estudios Iberoamericanos.

 

Su producción impresa sobre diversas disciplinas (libros, folletos, capítulos en obras colectivas, artículos en revistas especializadas y diarios) supera los 300 títulos.


Por Guillermo Palombo *

Es sabido que la denominación «pampas» (o mejor «lelfunches», como he explicado en otras oportunidades), aplicada a indígenas, sólo puede aceptarse como un valor geográfico que agrupa parcialidades diferentes. Ellas no han sido bien puntualizadas hasta ahora, pero es indudable que ha existido una variación de grandes conjuntos que se han sucedido y superpuesto a través del espacio y del tiempo. En consecuencia, cuando al tratar de los tejidos azuleños hablamos de los indios «pampas», nos limitamos a considerar como tales a los que en nuestro país proceden de esa ocupación o reocupación territorial de que hablan algunos autores y fueron, más tarde, los desalojados o asimilados por la penetración del dominio nacional en el mismo territorio.


Despréndese de esto que el estudio de los tejidos azuleños no significa la consideración de un tipo especial y genuinamente local, sino el examen de una manera generalizada en toda una raza, a pesar de que algunas características sean ajenas a la última. Y, por ello, no extrañe al lector que con frecuencia nos ocupemos de los tejidos confeccionados en la misma o anterior época en los lugares chilenos de residencia mapuche.


Poco se sabía de los tejidos pampas de Azul cuando Bartolomé J. Ronco presentó una primera caracterización de las principales expresiones materiales de dicha cultura en cuatro fotografías que dio a conocer en el Nº 5 de «Azul. Revista de ciencias y letras» (año 1930), sin texto que las acompañase. Y a ello se sumaron las piezas de su colección que donó al Museo Etnográfico de Azul, inaugurado en 1945, cuya finalidad es exhibir los objetos dentro de un contexto cultural, rescatando todos los valores asociados a los mismos y reconstruyendo la cultura de los pueblos representados [1].


Investigadores preparados por la especialidad de sus conocimientos para una observación calificada, dan correctas noticias acerca de la industria textil pampa. Tal es el caso de Carlos Dellepiane Cálcena quien en 1960 dio a conocer su trabajo de campo realizado en Villa Fidelidad (Azul) en noviembre de 1957 y febrero de 1960, en el cual explicó la supervivencia de la técnica textil empleada por una comunidad folk de origen pampa [2].


Un cuadro de contexto, con más noticias, di a conocer a mediados de 1978, a raíz de una entrevista que realicé a Ercilia Calderón de Moreira – hija de Pascuala Calderón y madre de Ercilia Moreira de Cestac - en su casa de Villa Fidelidad durante el caluroso diciembre de 1977 [3].


Ponchos y fajas pampas en relatos de cronistas y viajeros.


La reconstrucción de este tema se ha basado y aún se basa principalmente en las noticias que surgen de fuentes escritas e impresas de variada antigüedad, que debemos a cronistas, viajeros, etc.


Es bien poco lo que acerca de la tejeduría pampa contienen las escasas crónicas del siglo XVIII y los relatos de los viajeros que conocieron Azul y las tolderías cercanas en las décadas posteriores a la fundación del Fuerte del Arroyo Azul (1832) y en los años en que fue mayor el intercambio con los indígenas.


Cronistas y viajeros se concretan generalmente a la simple mención de la industria – los telares – en su relación con la indumentaria del indígena y del tráfico con los pobladores de la frontera. Pero no suministran detalles ilustrativos que permitan establecer los procedimientos y diversos aspectos de esa industria y apreciar la calidad de sus resultados. Los tejidos, cualquiera que sea su tipicidad son expresión de una tarea mansa y monótona, y presentan atractivo sólo para el reducido número de los que advierten en ellos elementos de investigación más trascendentales que el de su calidad o desusados aspectos. De quienes recorrieron la provincia de Buenos Aires no sacamos en limpio más que los indígenas tejían ponchos, mantas, jergas, y fajas. A eso se limitan las referencias, en el siglo XVIII, de los PP. jesuitas Thomas Falkner [4].  y José Sánchez Labrador [5], pues no aportan ninguna referencia útil sobre la confección misma, instrumentos empleados, temas decorativos, materias tintóreas y todo cuanto pudiera servir para un conocimiento más penetrado de la técnica y habilidad indígena. Lo mismo ocurre en la primera mitad del XIX con Alcides D´Orbigny [6], Francisco Javier Muñiz [7], William Mac Cann y Federico Barbará. Estos dos últimos estuvieron en Tapalqué el primero en 1847 [8] y el segundo en ese mismo año y el siguiente de 1848 como dependiente de una casa de negocio [9] pero omiten todo comentario acerca de los telares y del activo comercio a que esos tejidos dieron lugar y necesariamente percibió Barbará.


Saliendo de nuestro país, tampoco eran muy ilustrativas las noticias que diversos autores daban sobre los telares mapuches, origen inmediato de los pampas y fuente verdadera de producción de muchos de los ponchos, matras y fajas que en el último tercio del siglo XIX se traficaban como de confección azuleña.


Comercio de los textiles pampas.


Si no hay datos ciertos acerca de la fecha más antigua en cuanto a la confección de ponchos pampas, el art. 2° del tratado celebrado en 1742 por el gobernador Miguel de Salcedo con los caciques pampas, nos revela haberse acordado que el cacique Bravo y demás caciques amigos pondrían sus tolderías en las sierras de Tandil y Cayrú (Olavarría), donde celebrarían «la feria de los ponchos», en la cual se comercializarían los textiles, cuando llegara el tiempo de ello [10].  


Mac Cann observó a su paso por Dolores, en 1847, y a raíz de un encuentro con los indios de Tapalqué, que éstos obtenían hasta quince o veinte yeguas por cada poncho. [ 11]


Víctor Martin de Moussy, por su parte, tratando las industrias indígenas con relación a las distintas parcialidades que ofrece la extensión geográfica argentina, afirma que los indios del sur, sobre todo los de raza mapuche, eran infinitamente más industriosos que los del norte y concluye manifestando que las mujeres de los primeros «diestras y habilidosas, tejen telas de lana que saben teñir con los colores más brillantes y más indelebles, y así confeccionan ponchos, mantas para caballos [jergas] y cinturones [fajas]», agregando en líneas finales que algunos pampas tuvieron instaladas en los suburbios de Buenos Aires casas de venta de esos tejidos y otras confecciones de igual procedencia,  que después desaparecieron y fueron sustituidas por los traficantes y buhoneros que llegaban hasta las tolderías y adquirían a base de trueque por mercaderías europeas de bajo precio, todos los productos de la manufactura aborigen, dando lugar a un importante y activo comercio de frontera. Dicho autor, para la época en que escribía (1863) dice que a dos leguas del pueblo de Azul, de 5.000 habitantes, acampaba la tribu de Catriel, compuesta por 1.000 familias, con 800 lanceros, que hablaban español, recibían subsidio del gobierno, criaban ovejas, tejían ponchos y fajas y vendían el producto de su industria [12].


Tal exigua parquedad de noticias, de uniforme contenido, contrasta grandemente con el copioso volumen de referencias que he encontrado, sin ahondar mucho la búsqueda, en los papeles oficiales y privados de la Comandancia Militar y juzgado de Paz de San Serapio Mártir del Arroyo Azul, gran parte de los cuales se conservan en el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires. Esos documentos, constituidos en su mayoría por inventarios judiciales, balances de casas de negocio, borradores de censos y comprobantes de estadísticas y recaudaciones fiscales, dejan la impresión de que los telares indígenas azuleños, sobrepasando los límites de una simple y reducida tarea doméstica, alcanzaron las proporciones de una verdadera industria, de gran producción y extenso y sostenido mercado.


Leer algunos de esos documentos, especialmente los inventarios judiciales de casas de comercio, es reproducirse mentalmente el cuadro que traza Armaignac en su Viaje a las pampas escrito en la misma época de aquéllos, y  en el que aparecen parejas y grupos de indias caminando apresuradamente por las calles de Azul, cubiertas con sus largos chamales, adornadas con sus grandes tupos y sus pesados aros de plata, alisados y untuosos los cabellos y llevando consigo la carga de sus mercaderías, tejidos y trabajos manuales, para permutarlos en las casas de negocio por otras telas de confección extranjera, o por azúcar, yerba, alcohol, tabaco y otras mercaderías.


Uno de esos inventarios, practicado por orden del juez de paz de Azul el 10 de marzo de 1862, que enumera  «las existencias del negocio de don Pedro León Martínez»,  y abarca artículos de almacén, tienda, zapatería, ferretería, talabartería y maderas, separados en sendos capítulos,  termina con dos muy típicos y propios de la época, intitulados «Frutos del País» y «Tejidos Pampas», respectivamente, En este último se detallan en éste 22 ponchos «calamacos», 18 «mantas pampas», 20 fajas de lana «lisas» y «labradas» de lana, un par de ligas de seda,  4 jergas «labradas», un «bozal trenzado» y 20 pares de «boleadoras de potro y avestruz».


Otro inventario   como el antes citado, pero levantado el 15 de mayo de 1868 en la casa de negocio de Juan Duverger y su esposa Margarita Valle, en Azul, además del detalle de la mercadería contiene su tasación. Menciona junto a sesenta ponchos de imitación vicuña, valuados en 42 pesos moneda corriente cada uno, otros doce ponchos pampas justipreciados en 120 pesos de igual moneda cada uno, lo que demuestra la mejor calidad de los últimos.


En 1866 en las pulperías de Tandil se ofrecían mantas y ponchos indígenas a razón de 220 pesos y 75 pesos moneda corriente, respectivamente, por unidad [13].  


A su lado, la observa con atención Gustavo Kagel, un discípulo en el oficio de tejer las fajas pampas. 



Un siglo después, en 1960, Dellepiane dejaba constancia: «Entrevistamos mujeres que conservan con devoción la habilidad de tejer ponchos, fajas y otras prendas con lana de oveja. De sus mayores heredaron la destreza que poseen en el manejo del telar, al cual dedican largas horas de paciente y esmerada labor. En la actualidad ha disminuido mucho esta admirable y meritoria actividad artesanal, debido al elevado costo de la lana y a la carencia de mercado para colocar los productos. La escasa producción satisface las necesidades de la comunidad y aislados encargos efectuados por los pobladores de la zona».


Las Tejedoras


La tejedora azuleña más notable fue Pascuala Calderón (nacida hacia 1870 y fallecida hacia 1950). Corría por sus venas sangre azul de los príncipes de la Pampa y perteneció a la tribu del cacique Manuel Grande. Aprendió su oficio cuando niña junto a su madre, también tejedora y falleció después de haber cumplido más de cien años. El conocido escritor Héctor Pedro Blomberg, que la conoció en 1934 publicó el siguiente relato: «Un sol a pleno caía a plomo sobre el rancherío miserable, en un suburbio de la ciudad de Azul. Todo parecía dormir: los indios, las chozas, los perros, los montes cercanos. En el vasto silencio calcinado sólo se oía el murmullo del Callvuleufú, el río azul de los indígenas, que dio su nombre a la ciudad del Sur. El automóvil se detuvo frente a un ranchito». Y en otro pasaje agrega: «En otro rancho […] Otra viejecita color bronce nos miraba con la expresión triste de los indios. Estaba inclinada sobre un telar humilde, como las indias del tiempo de la Independencia. Y antes […] Uno de los hijos, un pampa inteligente y hermoso nos dijo su nombre. – Es mi madre, señor. Se llama Pascuala Calderón. Ha pasado los ochenta. Siempre está tejiendo, como usted la ve ahora. Hace ponchos, cinchas, fajas, que le viene a comprar un señor de Buenos Aires. Le pagan muy poco…- Usted ve como somos de pobres los últimos pampas de Catriel, los que éramos dueños de todos estos campos. Somos los últimos argentinos de verdad, los “catrieleros” del Azul.- El indio Simón Calderón, sonreía melancólicamente. La viejecita seguía tejiendo. El silencio del rancherío era profundo- ¿Se acuerda del “general”, Pascuala? – Los ojos misteriosos de la indígena se alzaron del telar. Su mano, rugosa y negra como un sarmiento seco, señaló la pared de barro del rancho. Allí, bajo la estampa descolorida de la Virgen de Luján, amarilleaba un dibujo antiguo. Era un retrato a lápiz del general Cipriano Catriel» [14 ].


Pascuala Calderón posa frente a la cámara del fotógrafo. La expresión serena y resuelta de su rostro evidencia la fortaleza de su estirpe. Azul. 1928. En Revista de Ciencias y Letras, núm. 5, Azul, 1930.



Faja pampa de Ercilia Cestac. Azul. Circa 1985. Fotografía: Nicolás Vega. 



Pascuala Calderón enseñó a muchas discípulas y fue la primera maestra con la que la Escuela Profesional de Mujeres de Azul, creada en 1925, inauguró su curso de tejidos pampas, junto con Isabel Oubiñas, creando un núcleo de expertas continuadoras como Sara A. de Sobrón, Lilia Mirande de Abot, Viviana Calderón de Vargas y Enriqueta Menetret de Mendiburu. Su nieta Ercilia Moreira de Cestac, nacida en 1925 y fallecida el 7 de abril de 2011, a los 85 años, continuó la tradición familiar, que prosiguió su tataranieta Verónica Cestac, nacida en Buenos Aires en 1977, que vivió siempre en San Pablo (Brasil) radicándose finalmente en Azul en la casa familiar de Escalada 671 y fallecida a los 41 años de edad en 2019.


Los ponchos


El «poncho» (voz de origen incierto), o «macuñ» (voz mapuche), es una pieza típica de la tejeduría pampa y mapuche.


Los ponchos pampas azuleños fueron siempre muy superiores a los chilenos en cuanto al tejido, ofrecían una flexibilidad extraordinaria, suavidad al tacto, resistencia a la humedad y al agua y escaso peso con relación al volumen. Decir en esos años que un poncho era de Azul significaba expresar una afirmación de óptima y reconocida calidad. En el Museo de Luján se exhibe uno que perteneció a Horacio Ramón Díaz cuyo cartel indicativo dice como advertencia de calidad: «Poncho pampa tejido con lana por las indias de Catriel, en la frontera de Azul»[15 ].


Y en el Museo Etnográfico de Azul hay otro de típico dibujo y con listas coloradas, que data de 1878, cuyo propietario – Evaristo Giménez, antiguo ganadero de la zona – , lo utilizó durante muchas décadas y sin embargo, pese a los vientos, soles, aguaceros y trajines sufridos en continuo andar por los campos y fogones de estancia, se diría recién salido de las manos de la tejedora, pues a pesar de su prolongado uso presenta apariencia de nuevo, sin fallas de roturas en los hilos, compacta la trama y frescos sus colores.


Esas condiciones de excelencia de los ponchos azuleños, desplazadas más tarde por las superiores de los ponchos de vicuña de los telares catamarqueños, les dieron gran fama y extenso y sostenido mercado en el siglo XIX.


La Lana.


La fibra textil generalmente usada fue la lana de oveja. En unas observaciones sobre la línea de fronteras, y en particular sobre la de Bahía Blanca, publicadas en Buenos Aires en 1828 se  menciona que «Hay en el día, dice una publicación de la época, como dos mil indios entre grandes y chicos en nuestro seno, de los cuales ya existe un gran número repartido en diferentes estancias y en los alrededores de la ciudad. Los varones se conchababan en las yerras, apartes de ganado, otros se ocupan de cuererar nutrias y también hay muchos ocupados en nuestros hornos de ladrillos. Las mujeres esquilan las ovejas, tejen jergas y ponchos» [16]. La documentación existente en el Archivo General de la Nación nos ofrece muchos detalles.  Pocos meses antes de la fundación de Azul,  a fines de octubre de 1832 los caciques pampas Tacumán, Calfiao, Chanabil, Calfiao Chico, Antuán, Canuanté, Güilitru, y Petí acampaban con sus majadas en las cercanías de Tandil [17]. Desde San Miguel del Monte, Vicente González escribía a Rosas el 17 de julio de 1833, respecto de la tribu amiga de Tapalqué, que pensaba remitirles una partida de más de 500 yeguas gordas , pero que «A más de eso tengo compradas 80 arrobas de lana del otro lado del Salado y espero que haiga ocasión de podérselas mandar a las chinas, porque el que han ido a llevar los vinos a los indios de Tapalqué, ha tardado once días en llegar desde el Salado, y esto que iba con muda de bueyes. En asunto de ovejas nada he hecho por ahora porque veo la imposibilidad con que estas se pueden llevar, hasta que los caminos se pongan en estado de poder arrear, y entonces entraremos este negocio» [18].


A veces, las indígenas recibieron directamente la lana necesaria para sus labores, como escribía González a Rosas, desde el mismo punto, el 5 de septiembre de 1833: «Les he mandado a las mujeres de Catriel y de Cachul, con Lorea mantas de bayeta y algunas cuentas: la lana que indiqué a Vd. también fue» [19]. Federico Barbará, que fue asiduo visitante de los toldos del cacique Maicá, dice que las tejedoras empleaban el hilo de lana en las mantas y ponchos para los hombres. Después de la caída de Rosas y aun en la primera mitad del siglo XX, siguió usándose la lana de oveja, Kermes observó en 1885 y 1887 que en el valle de Río Negro preferían la lana de oveja pampa para la fabricación de ponchos y chiripaes porque los convertía en casi impermeables, en tanto que usaban lana merino, por ser más blanda, para las bajeras y sobrepuestos [20].  


En el Museo de Luján se conserva una banda de seda tejida por la mujer del cacique Catriel que perteneció a Juan Manuel de Rosas.Y no parece que, como las tribus del sur, hubieran utilizado la de guanaco [21].


Lavado, desengrase y cardado de la lana.


Dellepiane observó que realizada la esquila de la oveja, primero eran separadas de la lana los cuerpos extraños, enseguida era desenredada cardándola (operación llamada «trucunar») y lavada con agua natural para después ser sumergida en un recipiente con orina humana fermentada cuyo contenido amoniacal disolvía la grasa. Nuevamente lavada con agua natural y una vez seca se cardaba a mano.


Hilado, torcido y ovillado de la lana.


Después se hilaba en un «huso» de madera, denominado «chapul» de unos 25 centímetros de longitud y extremos agudos, engastado en un «tortero» del mismo material. Tomándolo en la mano derecha sujetaban en él algunas hebras de la porción de lana que mantenían en la mano izquierda, y haciéndolo girar torcían las hebras formando un solo hilo ininterrumpido y parejo, que arrollaban en el cuerpo del chapul y amarraban en su extremo superior por medio de una lazada. Para unir dos extremos de hilo, los retorcían frotándolos entre los dedos índice y pulgar. Con el hilo torcido resultante de esta operación formaban ovillos destinados a ser teñidos, o bien a urdir directamente, según el caso. La operación de hilar se denominaba «Féun», el hilo torcido «Wiñifeu», y la operación de ovillar el hilo se denomina «Tukum».


El Telar para ponchos.


Armaignac observó en 1870 a las mujeres de la tribu de Catriel ocupadas trabajando en sus telares, formados por algunas estacas clavadas en el suelo, que servían para entrecruzar los hilos, lo que ejecutaban con destreza para ir formando los dibujos [22].  El telar que vio Armaignac era rectangular, como el usado en Villa Fidelidad (denominado «Ucha uchal»), de unos dos metros de largo por uno y medio de ancho: formado por dos largos palos apoyados en el suelo en sentido vertical, a modo de parantes, y ligeramente inclinados hacia atrás, y otros dos, o travesaños (denominados «Këló») del telar, atravesados horizontalmente que sostenían la urdimbre y que con los anteriores formaban un marco o bastidor rectangular con la amplitud necesaria para tejer un poncho, una manta para mujer o una matra [23 ].


Dimensiones


Los ponchos pampas que observó Alcides D´Orbigny en 1828, formados por dos partes o porciones que se unían, eran «de siete pies de largo y anchas de dos» [24]. Kermes asigna al poncho de dimensiones usuales 2 metros de largo por 1 ½ de ancho [25].  El P. Tavella en 1924 consideraba que el poncho pampa era más corto y angosto que el poncho criollo [26].  Los hay de entre 1,40 y 1,90 de largo por 1,20 a 1,80 m. de ancho, pero los azuleños son generalmente de 2 m. de largo o alto por 1,50 m. de ancho (como sostiene Kermes de los ponchos que vió en Río Negro), tenían una abertura en el centro y flecos de entre 7 cm. y 10 cm. en sus bordes anterior y posterior [27].


En cuanto a los flecos, existen únicamente en los dos lados menores del poncho pues son el resultado de torcer, de a dos, los hilos sobrantes de la urdimbre; aunque muchos ponchos no presentan flecos.


Preparación de la urdimbre


Los cronistas y viajeros que a mediados del siglo XIX tuvieron oportunidad de conocer las tolderías cercanas a Azul y apreciar los tejidos se concretan generalmente a la simple mención de la industria -los telares- en su relación con la indumentaria indígena o del comercio a que dio lugar, pero no suministran datos ilustrativos que permitan establecer los procedimientos y diversos aspectos de esa industria y apreciar la calidad de sus resultados. Así, Mac Cann, en el texto que ya  hemos citado, vió en los toldos de Tapalqué (1847) diestras y habilidosas mujeres que tejían, manifestando que «el trabajo es engorroso y largo porque hacen pasar el hilo a través de la urdimbre, con los dedos, y así se explica que pierdan un mes para confeccionar una prenda que, en Yorkshire podría tejerse en una hora».Y agrega que «En un toldo donde entramos, una india joven y bien parecida se dio el trabajo de mostrarnos como tejía en su telar». Armaignac se limita a decirnos que observó (en 1870) a las mujeres de la tribu de Catriel, a dos leguas de Azul, ocupadas trabajando en sus telares, formados por algunas estacas clavadas en el suelo, que servían para entrecruzar los hilos, tarea que ejecutaban con destreza para ir formando los dibujos.


Nomenclatura y disposición de las distintas partes que componen el telar araucano, denominado “huitral”. (Repr. de “Los tejidos araucanos”, de Claude Joseph). En Tejidos y Ponchos Indígenas de Sudamérica, de Alfredo Taullard. La imagen muestra el croquis original utilizado por Taullard para reproducir en su libro. (Colección Hilario)



La explicación sobre la técnica y procedimientos usados por sus descendientes en Villa Fidelidad, es referida por Dellepiane Cálcena. Para trabajar con mayor comodidad colocaban el telar (como puede verse en el gráfico que dicho autor reproduce) en posición horizontal. Entre las varas a y a´ y paralelas a b y b´, colocaban dos cuerdas firmes (cuerdas porta-urdimbre). La extremidad del hilo que había de formar la urdimbre era anudado en la cuerda c´, en el punto e, y conduciéndolo hacia arriba lo pasaban por la cuerda c y desde allí regresaban a la cuerda c´. De esta forma, proseguían pasando el hilo desde una a otra tela. Para evitar que las cuerdas que portaban el urdido debido a la tirantez de éste se combasen, colocaban hilos equidistantes desde las cuerdas mencionadas a las varas b y b´. El gráfico distingue ambos conjuntos de hilos con las letras d y d´. Al terminar de trazar la urdimbre, el extremo del hilo que la formaba era anudado a la cuerda c´y a la vara a´.


Colores y materias tintóreas.


D´Orbigny advirtió que para 1828 los pampas fabricaban excelentes ponchos de lana «adornados con dibujos muy originales y teñidos con colores poco brillantes, pero muy sólidos».[28 ] Determinar con exactitud los colores de los ponchos pampas en la época de Rosas demandaría recurrir a una casuística tomando como base la documentación existente en el Archivo General de la Nación. Así, por ejemplo, en una filiación de Manuel Acevedo, fechada  en Azul el  2 de marzo de 1846, se dejó constancia que el nombrado lucía «poncho de manta pampa con listas azules y punzó», e indistintamente uno u otra como chiripá [29]; el juez de paz de Bahía Blanca informó al comandante del Fuerte Independencia, el 13 de marzo de ese año, que el  indio desertor Justino Hidalgo vestía una «manta pampa morada» [30]; y «poncho pampa», sin otra referencia, consta en la descripción de la vestimenta del cautivo rescatado Pablo Cortés, presentado en Azul en 1847 [31] aunque a veces los indios usaban «manta pampa de poncho» [32].


Pero la ornamentación de los ponchos azuleños en la época del mayor tráfico comercial, una década después, no tuvo ninguna riqueza de colores ni de dibujos. En la mayoría de los casos el único color que primaba en los dibujos era el blanco natural de la lana sobre el fondo del conjunto teñido de negro, o azul oscuro, o colorado, acompañados de franjas de este último color cuando el fondo tenía alguno de los primeros.


A veces, se usaban los colores naturales de la lana empleando ovejas blancas y negras, pues Zeballos refiere que al pasar en noviembre de 1879 por Sierra Chica vio que en sus faldas «pastaban pequeños rebaños de ovejas negras de los indios del cacique Catriel» [33].


Las tejedoras pampas no tenían procedimientos para blanquear pero sí para teñir. Armaignac observó en 1870 que los colores empleados eran sobre todo el azul, el amarillo, el colorado y el castaño o marrón y que las materias tintóreas eran extraídas de las raíces, la corteza o el fruto de diversas plantas (aunque no nos dice de cuáles, detalle que tampoco aporta Kermes). Para obtener el azul usaban añil (pasta azul oscuro que se obtenía por maceración en agua de los tallos y hojas de esta planta), que les remitía el gobierno [34], y para fijar el color se usaba como mordiente la orina humana, lo que explicaba el fuerte olor amoniacal que despedían los ponchos nuevos [35].


Los que observó Dellepiane en 1957 y 1960 eran teñidos en color azul oscuro, que obtenían mediante la infusión de hojas de acacia o con añil y orín fermentado como mordiente, y en determinados casos en negro, con anilinas industriales.


Preparación del peine.


Finalizado el proceso del teñido de la lana disponían nuevamente la urdimbre en el telar y procedían a armar el peine del telar (denominado «tonón»), instrumento que facilitaba la tarea de cruzar los dos planos de hilos de la urdimbre, antes y después del pase de la trama.


Esta labor se ejecutaba uniendo el extremo de un largo cordel al primer hilo de la izquierda del plano trasero de la urdimbre y pasándolo hacia adelante por entre cada uno de los hilos del plano delantero, dejando debajo el cruce original y tomando el último hilo por medio de un lazo. Las lazadas resultantes, debían ser del mismo largo y tantas como espacios hubiera en el plano delantero, y eran unidas por medio de hilos de lana pasados en cruz a una varilla de madera. Al tomar el peine y tirar hacia adelante, cruzaban los dos planos de hilos de la urdimbre; los del plano trasero pasaban por entre los del plano delantero y viceversa.


Tramado.


Se sujetaba el extremo del hilo que servía de trama («Tonón uchal»: trama) al primer hilo del urdido en un punto, y era pasado hacia la derecha por el espacio libre que quedaba entre ambos planos de hilos de la urdimbre. Para posibilitar esta tarea disponían la pala («Ñerewé»: pala para apretar la lana) de canto, la que mantenía pareja la separación. Cruzaban nuevamente los dos planos de la urdimbre y ajustaban el paso de la trama y el cruce con golpes de pala. Volvían la trama hacia la izquierda y continuaban de esta forma, de un extremo a otro de la urdimbre, alternando con los cruces y ajustes citados. De esta labor realizada prolijamente dependía la regularidad del tejido y su calidad. La trama de estos ponchos («Tiwewe»: hilos de la trama) es apretada, al igual que la urdimbre. La abertura para pasar la cabeza («Pilél makuñ»: abertura del poncho) se lograba tramando con dos hilos, desde los bordes de la urdimbre al medio y desde éste nuevamente a los bordes. Tramaban de esta forma mientras debiera durar la abertura, para continuar como antes a su término. Para darle más resistencia en el uso, sobretejían las orillas de la abertura con finos hilos de lana.


El teñido.


Habitualmente la lana era teñida en madejas, de acuerdo a las fajas o listas de distintos colores de la pieza que se pretendía , pero también, y esto ya lo observó Armaignac, se tejía todo en lana color natural y luego se teñía la pieza entera cuando ésta iba a recibir un solo color, o se reservaba mediante nudos los dibujos en blanco que formaban cruces y rombos o círculos, para que no los afectara el color de la tintura y se mantuvieran impolutos [36]. Ambos motivos decorativos (que responden a las dos técnicas de decoración por teñido negativo usadas por las tejedoras pampa y conocidas desde tiempos prehispánicos: ikat y plangi) coinciden con los observados por Kermes hacia 1887 en el valle del Río Negro [37].


Poncho de argolla del cacique Catriel. La fotografía vintage fue estudiada por Alfredo Taullard. Colección Hilario.



Impermeabilidad de los ponchos pampas.


La extraordinaria impermeabilidad de los ponchos pampas a la lluvia ha sido puesta de relieve por D´Orbigny [38], Armaignac destaca como notas de calidad de la industria textil pampa de 1870 que los colores eran inalterables, los tejidos de mucha duración y casi impermeables al agua [39]. Y Kermes [40] resalta esa característica que en menor grado se observa también en los chilenos de igual época.


Esta cualidad parecería opuesta al material empleado en la confección, pues la lana es muy absorbente. Sin embargo, el tejido con sus hilos retorcidos tiene una trama tal que al recibir la lluvia se pone rígido y el agua resbala sobre la superficie sin traspasarla. Los pampas emplearon hebras de lana de mejor calidad, mucho más finas y largas que las que podían suministrar las ovejas chilenas [41]. Por su parte, Manuel Alejandro Pueyrredon en 1861 afirma que «Las indias chilenas tejen mantas y ponchos, con más perfección que las pampas, usan tintas más finas que estraen de plantas que ellas conocen i cosechan la grana ó cochinilla, saben combinar los colores mezclando unos con otros […] Los ponchos que fabrican se pagan con estimación, porque son hechos para resistir la acción de las continuas lluvias, el agua no les penetra cuando son finos» [42].


Pero los ponchos pampas fueron siempre muy superiores a los chilenos en cuanto al tejido, ofrecen una flexibilidad extraordinaria, son muy suaves al tacto, resistentes a la humedad y al agua y de escaso peso con relación al volumen. Estas condiciones de excelencia de los ponchos azuleños, desplazadas más tarde por las superiores de los ponchos de vicuña de los telares catamarqueños, les dieron gran fama y extenso y sostenido mercado en el siglo XIX. 


* Texto ampliado y mejorado para su edición en Hilario. Su autor ya había publicado una primera versión de este trabajo en el diario El Tiempo de Azul, los días 20 y 27 de mayo, 3, 10, 17 y 24 de junio de 1978 con el título TEJIDOS PAMPAS DE AZUL; la segunda versión retocada y sintetizada en El Tradicional n° 42 de febrero de 2001, titulado LA TEJEDURÍA AZULEÑA. La tercera, ampliada, por el diario Pregón, también de Azul, en el Suplemento Especial de diciembre de 2017. Y ahora una actualización especial para Hilario, por primera vez con el aparato erudito; es decir, las citas y referencias que tanto lo enriquecen.



Notas:

1. «Museo Etnográfico de Azul», en La Prensa, núm. 22.478, Buenos Aires, jueves 10-IX-1931, sección 2ª, p. 7. «En Azul fue inaugurado el Museo Etnográfico y Archivo Histórico Enrique Squirru», en La Nación, domingo 15-IV- 1945, 3ª. sección, p. 2, con vistas fotográficas de las salas «Martín Fierro», «José Hernández», y «Sargento Cruz».

2. Carlos Dellepiane Cálcena, «Consideraciones sobre la tejeduría de una comunidad de origen araucano. Azul (provincia de Buenos Aires)», en Cuadernos del Instituto Nacional de Investigaciones Folklóricas, núm. 1, ps. 83-93 (Buenos Aires, 1960).

3.  Guillermo Palombo, «Tejidos pampas de Azul», en El Tiempo, Azul, 20-V-1978, [p. 7], col. 1 a 4;  27-V-1978, [p. 7], col. 5 a 7; 3-VI-1978, [p. 7], col. 4 a 6; 10-VI-1978,[p. 7], col. 4 a 7;  17-VI-1978, [p. 7], col. 1 a 4 y 24-VI-1978, [p. 7], col. 4 a 6, cuya síntesis pero con el aporte de nuevos datos fue publicado como  «La Tejeduría Azuleña», en el mensuario El Tradicional núm. 43, de abril 2001. “Ponchos y fajas de la tejeduría pampa azuleña” en Pregón. Diario Regional de la Tarde, Suplemento Especial 185° Aniversario de la Ciudad de Azul, Azul, diciembre 2017, 16 p.

4. Tomás Falkner, Descripción de la Patagonia y de las partes contiguas de la América del Sud. Traducción, anotaciones, noticia biográfica y bibliografica por Samuel A. Lafone Quevedo (La Plata, 1910).

5. Joseph Sánchez Labrador, Los indios pampas, puelches y patagones. Monografía inédita prolongada y anotada por Guillermo Furlong Cardiff (Buenos Aires, Viau y Zona, 1936).

6. A.D´Orbigny y J. B. Éyriés, Viaje pintoresco a las dos Américas, Asia y África. Resumen general de todos los viajes y descubrimientos de Colón, Magallanes, Las Casas, Gomara, La Condamine, Ulloa, Jorge Juan, Humboldt, Molina, Cabot, Grijalba, Koempfer, Marco Polo, Forster, Chardin, Tournefort, Volney, la Loubére, Chateaubriand, Caillé, Lauder, etc., etc., vol. 1, p. 267 (Barcelona, Imprenta y Librería de Juan Oliveres, 1842).

7. Félix F. Outes, «Observaciones etnográficas de Francisco Javier Muñiz», en Physis, Revista de la Sociedad Argentina de Ciencias Naturales, vol. III, ps. 197-215 (Buenos Aires, 1917).

8. William Mac Cann, Two thousand mile´s ride through the Argentine Provinces: being and account of the natural products of the country, and habits of the people, with a historical retrospect of the Rio de la Plata, Monte Video and Corrientes, vol. 1, p. 110 (London, Smith, Elder & Co., 1853).

9. F [ederico]. Barbará, Usos y costumbres de los indios pampas y algunos apuntes históricos sobre la guerra de la Frontera, p. [v] de la Advertencia (Buenos Aires, Imprenta de J. A. Bernjeim, Calle Defensa, 73, 1856).

10. Abelardo Levaggi, Paz en la frontera. Historia de las relaciones diplomáticas con las comunidades indígenas en la Argentina (Siglos XVI-XIX) (Buenos Aires, Universidad del Museo Social Argentino, 2000).

11. William Mac Cann, loc. cit.

12. V. Martin de Moussy, Description géographique et statistique de la Confédération Argentine, t. II, ps. 486-487 (Librairie de Firmin Didot Frères, Fils et Cie., 1860);  t. III, ps. 65-66 (Paris, Librairie de Firmin Didot Frères, Fils et Cie., 1864).

13. José María Araya – Eduardo Ferrer, El comercio indígena. Los caminos al Chapaleofú (Tandil, Municipalidad de Tandil y UNCPBA, 1988). 

14. Héctor Pedro Blomberg, «Los catrieleros del Azul», en Caras y Caretas, año XXXV, núm. 1860, Buenos Aires, 26-V-1934.

15. Alfredo Taullard, Tejidos y ponchos indígenas de Sudamérica, figura 258 (Buenos Aires, Peuser, 1949).

16. Cfr. Observaciones sobre la línea de fronteras, y en particular sobre la de Bahía Blanca, Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1828 (1 vol. In 4º de 9 ps.). Publicadas en los Nº 151 y 15 del Correo Político (1828).

17. Felipe Pereyra, comandante del Fuerte Independencia, a Juan Manuel de Rosas, Tandil, 31-X-1832, en Archivo General de la Nación, Buenos Aires [en adelante AGN], Sala X, legajo 24-7-3.

18. Vicente González a Juan Manuel de Rosas a Juan Manuel de Rosas, Monte, 17-VII-1833, en Celesia, Rosas, aportes para su historia, t. I, p. 572 (Buenos Aires, Goncourt, [1969]).

19. Vicente González a Juan Manuel de Rosas, San Miguel del Monte, 5-IX-1833, AGN, Sala VII, legajo 22-1-1 (Colección Ernesto Celesia); Celesia, Rosas, t. I, p. 598.

20. Enrique Kermes, «Tejidos Pampas», en Revista del Jardín Zoológico de Buenos Aires, dedicada a las Ciencias Naturales y en particular a los intereses del Jardín Zoológico, tomo I, entrega VI (15-VI-1893), p. 179.

21. Cfr. Mariano Ruíz a Martín de Gáinza, fechada en Patagones el 17-X-1871 (AGN, Museo Histórico Nacional, Leg. 41 [Archivo de Martín de Gainza], doc. núm. 5776)

22. H. Armaignac, Voyages dans les Pampas de la République Argentine, p. 257 (Tours, Alfred Mame et Fils, Éditeurs, 1883).

23. Véase la fotografía de un telar vertical empleado en Villa Fidelidad en 1928, en Azul. Revista de Ciencias y Letras, núm. 5, entre ps. 192-193, Azul, Impr. Placente & Dupuy, 1930.

24. D´Orbigny y Éyriés, Viaje pintoresco…, vol. 1, p. 267.

25.  Kermes, «Tejidos pampas», p. 183.

26. Roberto J. Tavella, Las misiones salesianas de La Pampa, p. 54 (Buenos Aires, Talleres Gráficos Argentinos Rosso y Compañía, 1924).

27. Susana Chertudi y Ricardo Nardi, «Tejidos araucanos de la Argentina», en Cuadernos del Instituto Nacional de Investigaciones Folklóricas, núm. 2, p. 159, Buenos Aires, 1961; Dellepiane Cálcena: «Consideraciones …», fotografías 1-17, 19 y 20; Azul. Revista de Ciencias y Letras, núm. 5, fotografía entre ps.184-185 y 188-189.   

28. D´Orbigny y Éyriés, Viaje pintoresco…, vol. 1, p. 267

29. AGN, Sala X, legajo 20-10-2.

30. Archivo Histórico de Azul, Año 1846, N° 37.

31. Descripción de la vestimenta del cautivo rescatado Pablo Cortés, presentado en Azul en 1847, AGN, Sala X, legajo 20-10-2.

32. Descripción de la vestimenta del cacique Necul, prisionero, fechada en Azul en 1847, en idem.

33. Kermes, “Tejidos pampas”, p. 180. Estanislao Zeballos, Viaje al país de los araucanos, p. 51 (Buenos Aires, Imprenta de Jacobo Peuser, 1881), refiere que al pasar en noviembre de 1879 por Sierra Chica vio que en sus faldas «pastaban pequeños rebaños de ovejas negras de los indios del cacique Catriel».

34. Para obtener el azul usaban añil, pasta azul oscuro que de los tallos y hojas de esta planta se obtiene por maceración en agua. Sobre este arbusto véase: Angel Marzoca, Historia de plantas tintóreas y curtiembres, ps. 156 a 173 (Buenos Aires, Colección Agropecuaria del INTA, vol I, 1959).

35. Armaignac, Voyages ..., p. 248.

36. Armaignac, Voyages ..., p.  247.

37. Ambos motivos, que se expresan coinciden con los observados por Kermes hacia 1887 en el valle del Río Negro. Cfr.“Tejidos pampas”, ps. 185 (fig. 20) y 186 (fig. 21).

38. D´Orbigny y Éyriés, Viaje pintoresco…, vol. 1, p. 267.

39. Armaignac, Voyages…, ps. 247-248.

40. Kermes, «Tejidos pampas», ps. 179 y 186.

41. Enrique Wernicke, «Apostillas a la historia del ganado lanar argentino. Las ovejas pampas, criollas y chilenas», en La Prensa, núm. 22.975, Buenos Aires, 22-I-1933, secc. 3ª, p. 3.

42. Manuel A. Pueyrredon, Memoria sobre la Escuela Militar dedicada al Gobierno Nacional, p. 37 (Buenos Aires, Imprenta de Bernheim y Boneo, 1861).



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